martes, 1 de abril de 2008

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (I): La subjetividad

El economista marxista Diego Guerrero pretenden refutar la teoría de la utilidad marginal en su libro Competitividad: Teoría y Política (ver el epígrafe A.3. La teoría del valor basada en la utilidad marginal). Sin embargo, me temo que el intento resulta vano.

En su opinión, la teoría del valor basada en la utilidad marginal acarrea cuatro problemas fundamentales: la subjetividad, la superfluidad, la inconsistencia lógica y el alcance limitado. Por su extensión dividiremos el asunto en varios posts, donde iremos tratando cada una de las cuatro críticas

Subjetividad

La primera apreciación que realiza Guerrero es la siguiente: El cambio más perceptible cuando se pasa del ámbito de las teorías basadas en el trabajo y la actividad laboral de la sociedad a las teorías que encuentran su fundamento en el principio de la utilidad o del placer experimentados en las actividades de consumo de la población consiste en pasar del campo de lo objetivo -ámbito natural de la ciencia- al de lo puramente subjetivo

Lo cierto es que, realmente, la utilidad no se deriva del consumo, sino la consecución de los fines del actor. El consumo puede no ser la finalidad del actor y, por tanto, no es correcto su inicial afirmación. Pensemos en las personas austeras o en las que disfrutan de su actividad laboral. Si el sr. Guerrero fundamenta el valor en el placer proporcionado por el consumo, habrá que concluir que las "acciones" de estas personas no les son útiles en absoluto (pues no se dirigen a consumir, sino a alcanzar fines distintos del consumo) y la pregunta pertinente será, pues, ¿por qué actúan?

Pero además, la siguiente afirmación acerca de pasar del ámbito objetivo al subjetivo también es falaz. Y es que el subjetivismo no elimina la objetividad de la ciencia, sino que la reafirma. La economía obtiene su objetividad reconocimiento la subjetividad del valor; y es que es un "hecho" objetivo que el valor es subjetivo. La economía no se pregunta por las "motivaciones" de ese valor, precisamente porque el ámbito de la formación de los fines en la mente humana corresponde a la psicología.

Y es éste un punto que Guerrero parece no entender: Si nos movemos en el ámbito de los sentimientos psicológicos, o de las sensaciones experimentadas por sujetos individuales, parece que nos deslizáramos necesariamente fuera de la objetividad o intersubjetividad necesarias para el análisis científico. Por muy importante que sea el ámbito de lo subjetivo -y a él se refieren sentimientos tan decisivos en la vida humana como el amor, la amistad, el placer, el dolor, etc.-, no se puede, precisamente por su naturaleza subjetiva, y no-intersubjetiva, pretender alcanzar objetividad científica ni realizar medidas exactas que trasciendan el ámbito de las puras valoraciones individuales

¿Es que acaso esos sentimientos no son "hechos" tan objetivos como las "cantidad" de trabajo que pueda incorporar un bien? No sólo eso, la economía no pretende explicar el valor en sí mismo, sino las consecuencias de la acción humana dirigida por esos valores. El análisis científico de la economía no necesita más que estudiar estas implicaciones lógicas y necesarias del comportamiento humano.

El problema es que el valor NO es mensurable; la voluntad de reducir el valor a un stándard supone una contradicción flagrante en tanto la utilidad de ese stándard adquiere un "valor". El valor no puede medirse a través del valor. No hay unidad de valor, en ningún caso. De hecho, como ya digo, para el desarrollo de la teoría económica, los datos "concretos" le resultan irrelevantes: "La praxeología estudia la acción humana como tal, de modo genérico y universal. No se ocupa de las circunstancias particulares de medio en que el hombre actúa ni del contenido concreto de las valoraciones que le impulsan a realizar determinados actos.

Y en este caso podemos volver a afirmar que la naturaleza subjetiva del valor en todos los individuos es lo que, a su vez, nos permite configurarlo como una categoría del ser humano y, por tanto, de donde adquiere su carácter intersubjetivo.

Partiendo del error de la necesidad de medición, Guerrero continúa: En consecuencia, cuando alguien pretende relacionar el valor de una mercancía con el placer que experimenta su consumidor al consumir la última unidad consumida de la misma (ésta es la definición más usual de la utilidad marginal), la primera pregunta que viene a la mente es: ?en qué unidades se mide ese placer? Por muchos intentos que haya habido en sentido contrario, es evidente que resulta completamente imposible encontrar una unidad de medida objetiva para algo que por definición es un sentimiento puramente subjetivo. Ni siquiera el propio sujeto que se supone experimenta este placer dispone de medio alguno para cuantificar de forma constante y no arbitraria su placer.

Aquí hay una secuencia de saltos lógicos importantes. Primero, Guerrero demuestra no haber entendido nada cuando habla de valor "experimentado" "al consumir". El valor es lógicamente previo al acto de consumo, y es que nadie consume sin valorar la acción de consumo. El consumidor no está esperando a otorgar valor a un bien hasta que lo consume; esto es absurdo. El valor se otorga en función del valor "esperado", es siempre "ex ante"; no se experimenta nada, sino que se espera experimentar. Segundo, por ello mismo hablar del consumo de la "última unidad" es un sinsentido.

Imaginemos un stock de cinco unidades; si la caricatura (no intencionada) que Guerrero efectúa de la utilidad marginal es que el valor se otorga conforme se consume, ¿cuál sería la unidad marginal? Cuando consuma una de ellas, el stock se reducirá en una unidad y, por tanto, el valor marginal aumentará. De manera que cada unidad tendría valor por sí misma y la paradoja del agua y los diamantes quedaría sin resolver.

Pero me temo que ningún defensor serio de la utilidad marginal propuso tal dislate. Como hemos dicho, el valor se otorga en función de los fines. Si ello es así, un mayor número de unidades permite satisfacer un mayor número de fines que, necesariamente, ocuparán una posición jerárquica, de mayor a menor importancia. Una nueva unidad permite acceder a un nuevo fin, menos importante que el anterior y, en tanto las unidades son intercambiables (sino estaríamos hablando de bienes económicos distintos; nuevamente contemplamos la importancia de la subjetividad), cada una de las unidades tendrá para el individuo una utilidad igual al fin marginal para cuya consecución son necesarias. Cuando se consume una unidad, no sólo desaparece la unidad, sino también el fin para el cual servía. Si satisfacemos primero el fin menos importante, las cuatro unidades restantes incrementarán su valor, ya que el fin marginal tendrá ahora un mayor valor que antes; pero si acariciamos primero el fin más importante, el valor de las unidades no variará, ya que el fin marginal seguirá siendo el mismo.

Tercero, Guerrero vuelve a introducir, torpemente, la necesidad de medición. Vamos a dar un paso más y a recordar el carácter "ordinal" de las comparaciones de utilidad. Al actor valora "más o menos" un fin que otro; un medio le resulta "más o menos" útil, pero de aquí no se sigue ni la posibilidad ni la necesidad de medición. A es mayor que B, pero no cinco o dos veces mayor; simplemente es más importante porque me satisface más.

Cuarto, precisamente por ello, el sujeto no necesita cuantificar su placer. Lo único que requiere es ser capaz de discriminar cuáles son los fines prioritarios para modular su acción en consecuencia. No necesita ni constancia ni un patrón de medición. Basta con que su acción sea, en todo momento, la mejor, la más adecuada.

Guerrero cree posible vencer estas dos últimas objeciones a través del siguiente argumento: Pero antes de continuar en la crítica hay que hacer frente a una posible objeción contra la misma. Frente a quien pudiera pensar que este tipo de crítica a la utilidad marginal podría evitarse acudiendo a una concepción ordinalista, en vez de cardinalista, de la utilidad, habría que alegar que, si bien es verdad que en el caso de las teorías ordinalistas nadie pretende cuantificar expresamente las cantidades absolutas de placer que experimenta el consumidor, lo cierto es que sí se supone posible y necesaria una cuantificación implícita de la misma, por lo que la crítica fundamental realizada en el párrafo anterior también es extensiva a esta versión de la teoría.

Ninguna cuantificación es necesaria, si por cuantificar se entiende medir y por medir utilizar un patrón constante. Lo único que requiere el actor, como ya hemos dicho, es saber si aquel fin le proporcionará mayor satisfacción que aquel otro. Para ello no es necesario una medición, basta una comparación interna de satisfacciones esperadas. Aunque no pueda cuantificarlo, sé que me gusta más la carne que el pescado. ¿Cuánto más? Lo ignoro, pero ello no imposibilita mi conocimiento acerca de mis preferencias. El significado de ordinal es simple y sencillo: el primero antecede al segundo, ¿en función de que razón matemática? Ninguna, simplemente va antes.

A continuación Guerrero da un nuevo salto de trampolín: En efecto: con independencia de otra línea de crítica ligada a la parcialidad del fundamento que se reivindica en estas teorías -ya que la utilidad sólo interviene para determinar la forma de la función de demanda del mercado, que luego debe completarse con la correspondiente función de oferta para determinar el valor de equilibrio de dicho mercado-, lo primero que hay que tener en cuenta es que la demanda total o agregada de mercado es la suma de las demandas individuales, y que, con independencia de los problemas ligados a la agregación de estas últimas, lo decisivo es que las demandas individuales resultan en rigor imposibles de obtener.

Aquí hay dos críticas, una de pasada y otra que empieza a integrar el argumento de guerrero. Primero, Guerrero afirma que la utilidad sólo determina la "forma" de la función de demanda con el objetivo de determinar el "valor" de equilibrio. Cuidado con los conceptos; el precio no es valor, ni siquiera una medición del mismo. El precio es una "relación" de intercambio según la cual ambas partes subjetivamente creen estar recibiendo más de lo que están dando. Por tanto, difícilmente puede ser el valor de ninguna de ellas, pues no se intercambian iguales, sino desigualdades. Yo doy cinco euros por un libro porque considero que el valor del libro es superior al de los cinco euros. No doy cinco euros porque considere que el valor del libro son "cinco euros"; en ese caso, ¿para qué efectuar el intercambio?

Aparte, hay una contradicción de fondo en decir que la utilidad determina la forma de la demanda. La única utilidad del actor es la marginal, ya lo hemos dejado arriba claro. Si ello es así, la utilidad dependerá de las unidades que pueda adquirir y éstas, a su vez, dependen del precio que, a su vez, depende de la demanda cuya forma teóricamente determina esa utilidad. Caemos en un razonamiento circular. La demanda no tiene una forma preestablecida; la demanda es una consecuencia de la utilidad y del coste de oportunidad. Para el actor individual no hay más: confronta el valor de los fines futuros satisfechos con el coste de satisfacerlos (es decir, con los otros fines a los que tendrá que renunciar). Para ello se emprende un proceso de negociación con la otra parte quien, a su vez, efectúa el mismo análisis. Atendiendo a los distintos estadios de la negociación, la demanda será mayor o menos atendiendo a la contraprestación exigida.

En las sociedades modernas, esa contraprestación monetaria se mantiene estable por un tiempo, de manera que los consumidores calculan cuáles serán los fines a los que renunciarán a cambio de pagar el precio estipulado. Si éste es desbocado (esto es, el valor de los fines a los que se renuncia es mayor al de los que se espera conseguir con ese medio), la demanda caerá (se adquirirán unidades mientras el valor del fin adicional conseguido a través de una nueva unidad sea mayor que el valor del fin marginal al que se renuncia) y los precios se modificarán.

Segundo, como hemos visto, no existe algo así como "demanda agregada" de mercado; eso son simplificaciones neoclásicas tan erróneas como nocivas. Las demandas no se agregan cruzándose con la oferta. El proceso de mercado es mucho más complejo. Requiere un proceso de negociación entre las partes que puede darse a través de la argumentación o de la propuesta de un precio. En todo caso, el empresario no podrá mantenerse por mucho tiempo en el mercado si no consigue producir aquello que realmente valoran los consumidores. Y es que el empresario tendrá que pagar a los factores productivos la productividad marginal descontada de la venta de ese bien. Si el bien no llega a venderse (por ser su precio demasiado elevado), sus costes superarán a sus ingresos y cerrará.

Los empresarios que puedan pagar mayores rentas (por esperar percibir un mayor precio) y ACIERTEN, serán los que triunfarán en el mercado. Ésa es la competencia típica del proceso de mercado.

Por último, Guerrero sostiene que su simplificación anterior sobre la utilidad marginal no se sostiene (algo que ya hemos visto sin necesidad de recurrir a sus argumentos). Sin embargo, a efectos dialécticos, vamos a considerar las subsiguientes objeciones como afrentas a una teoría de la utilidad marginal "correctamente" entendida. ¿Por qué no puede basarse la demanda del bien en la utilidad esperada de los medios adquiridos?

cada persona (sea consumidor efectivo o no) debería conocer en cada momento una de estas dos cosas: 1) o bien el quantum de placer absoluto (medido en alguna unidad constante por lo que se refiere a sí mismo) que le proporcionaría cada una de las unidades sucesivas potencialmente consumibles, y por tanto la totalidad de las mismas, del bien en cuestión

Como hemos dicho, ningún individuo necesita conocer el valor cardinal de sus fines, ni mucho menos de todos de ellos de manera agregada. La utilidad marginal simplemente establece que el valor de los medios irá reduciéndose conforme se persigan fines menos valorados hasta que llegará un punto en el que, adquirir una unidad adicional de ese medio, supondrá renunciar a otros fines que jerárquicamente se valoran más (de nuevo, cuánto más es una cuestión irrelevante para poder guiar la acción humana y, en concreto, para poder demandar).

2) o bien, si se renuncia a la perspectiva cardinalista, a cuanto equivale, o equivaldría, en términos de placer, el consumo de cada unidad del bien x en relación con el consumo de otras o las mismas cantidades de cualquier otro bien y (dando por descontado que este y se extiende de hecho a la totalidad de los demás bienes existentes).

Me temo que Guerrero no abandona en absoluto la perspectiva cardinalista, al seguir buscando "equivalencias" de valor. Repetimos: sólo es necesario conocer la jerarquía de nuestros fines, algo que el actor conoce en cada instante perfectamente (lo cual no significa que permenezcan constantes), no su relación con otros fines. La relación entre un kilo de carne y 500 gramos es de 2 a 1. Esto nos resulta irrelevante para determinar si un fin es más apetecido que otro. Y, también conviene recordar, que Guerrero reduce inconvenientemente el ámbito del valor al "consumo". Lo que realmente necesita saber el actor es si el fin A que habilita el medio x es más importante que el fin B que habilita el medio y. Nada de relaciones entre hipotéticos consumos.

Obviamente, atacando un muñeco de paja, Guerrero afirma que: Esto no se sostiene y no sólo por razones de falta de realismo: dado que los gustos y sentimientos de los consumidores varían constantemente, la sola existencia de precios estables de las mercancías sería una prueba en contra de la racionalidad de una teoría así, porque para obtener este resultado se tendría que dar la coincidencia de que a cada cambio en la función individual de utilidad de un sujeto habría de corresponder un cambio igual pero de signo opuesto en la función de algún otro sujeto para que, al unirse ambas en la función de demanda de mercado, esta última curva cruzase, ceteris paribus, a la función agregada de oferta precisamente en el mismo exacto lugar en que lo hacía anteriormente

Primero, la hipótesis de que los gustos de los consumidores "varían constantemente" es demasiado arriesgada y, sobre todo, innecesaria. Pretender falsar la hipótesis de "gustos cambiantes" a través de la siguiente hipótesis "precios estables" es del todo lamentable. Uno esperaría un razonamiento teórico más aplicado, pues ¿en qué momento hemos abandonado la teoría para ponerse a hablar de la realidad que uno cree observar? En realidad, la estabilidad de precios es una superchería tremenda, pero ésta es otra discusión.

Segundo, las variaciones individuales de la utilidad no dan lugar, como parece sugerir Guerrero, a variaciones del precio, precisamente porque entonces los pequeños cambios (compro una unidad más) darían lugar a grandes alteraciones (subo el precio, con lo cual la utilidad marginal de los restantes miles de consumidores queda por debajo). No es necesario que a cada cambio inidivudial le corresponda otro cambio individual en sentido opuesto para que los precios se mantengan constantes. Como hemos explicado, el proceso de mercado opera de otra forma; pagan a los factores sus productividades marginales descontadas sobre las ventas de los productos a un precio anticipado y, si el empresario acierta en su cálculo y en su anticipación, obtendrá un interés por la inversión en factores productivos. En caso contrario cosechará pérdidas que lo alejarán del mercado.

De hecho, incluso los monumentales cambios de utilidad pueden NO dar lugar a una modificación de los precios; sin embargo, la consecuencia de esta mala gestión empresarial será su quiebra. Es decir, la utilidad marginal determina los precios, pero no a través de un mecanismo computerizado y funcionalista, sino del appreisement empresarial.

Hasta aquí la primera objeción de Guerrero a la utilidad marginal, esto es, el problema de la subjetividad del valor. Como hemos visto, todas las objeciones eran más bien endebles y no han supuesto problemas considerables salvo para una caduca ideología neoclásica. La utilidad marginal correctamente entendida, tal como fue propuesta por sus impulsores, sigue siendo tan correcta como entonces.

Próximamente destriparemos las restantes objeciones.

1 comentario:

Unknown dijo...

Uf... horriblemente mala esta respuesta...